ARTE TORREHERBEROS: Manet
RICHARD ESTES. "Water Taxi, Mount Desert". Óleo sobre lienzo. Kemper Museum of Contemporary Art, Kansas City (Missouri).


BIENVENIDOS A TODOS Y TODAS. Este blog nace con la única pretensión de complementar y facilitar las tareas a los alumnos/as de Historia del Arte de 2º de Bachillerato del IES Torre de los Herberos de Dos Hermanas (Sevilla), así como hacer pasar un rato agradable a todos los amantes del arte. No tiene ninguna otra pretensión intelectual. De los textos es responsable el administrador del Blog, no así de las opiniones expresadas en los comentarios. Las imágenes o fotografías, videos y presentaciones están tomadas de internet mayoritariamente, citando la autoría siempre que ha sido posible; si en alguna de ellas no aparece, es por error o descuido, y ruego que me lo hagan llegar para subsanarlo. Casi todo lo que aparece en estas páginas es libre y abierto, y se puede descargar para otros fines, pidíéndose únicamente que se cite la procedencia.





Mostrando entradas con la etiqueta Manet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manet. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de mayo de 2012

APROXIMACIÓN AL IMPRESIONISMO


 Claude Monet. Impression, soleil levant. Óleo sobre lienzo. 1872. Museo Marmottan Monet. París.

Se desarrolla el Impresionismo como movimiento artístico en el último cuarto del siglo XIX. En la segunda mitad de este siglo es cuando nacen los “ismos”. Con su aparición se inicia el llamado "arte moderno": a partir de él las tendencias artísticas o "ismos", que duran muy poco y se suceden con una gran rapidez. Quizá una de las principales aportaciones del impresionismo radica en la dinámica de cambio y renovación que imprime en el arte occidental.  A partir de él se habla de "ismos" y no de estilos. La diferencia entre ambos estriba en que los estilos surgen como expresión de una cultura, mientras que el "ismo" es el resultado de una voluntad expresamente orientada hacia una finalidad. Será muy difícil adscribir a los pintores a un movimiento concreto, ya que al durar éstos tan poco,  los pintores van pasando por diferentes ismos.

Los “ismos” valoran el arte por el arte, el arte por sí mismo, criticándose el gusto burgués. Así el artista de finales de siglo será un ser decadente, automarginado y bohemio. También será un rebelde, hará una crítica social (Van Gogh, Gaugin, Munich...). Durante el siglo XIX el medio por el que los artistas conseguían su aceptación era a través de los Salones o Exposiciones Nacionales. Para un pintor el no ser aceptado en un Salón suponía su marginación y su fracaso. La decisión de incluir o excluir las obras competía a los jurados formados por autoridades académicas cuyos criterios se basan en las tradiciones más conservadoras y se rechazaban las obras originales que suponían una ruptura con el arte oficial. En 1863  se organizó una exposición con las obras que el jurado no había admitido. A esta exposición se la llamó "Salón de los rechazados", entre los que se encontraba Manet y algunos años más tarde, en 1874, organizan la primera exposición impresionista: Monet, Renoir y Pissarro, entre otros. Así surgirá el concepto de vanguardia en el arte, para significar los compromisos progresistas de los artistas y la ruptura con lo establecido por la tradición. Por tanto, la vanguardia siempre será minoritaria, ya que no aspira a dominar el mercado ni a satisfacer al gran público.
Al igual que el realismo se basaba en el positivismo de Comte, el impresionismo lo hace en la teoría de las sensaciones de Locke: la sensación es la fuente de nuestro conocimiento. La sensación alimenta la vista que es la puerta de nuestra experiencia. De ahí que se desdeñe la forma; todo debe partir de lo que el ojo ve y sin ningún tipo de prevención. Por tanto se desdeña el positivismo y el naturalismo que hacen hincapié en la realidad vulgar y en al vida cotidiana, estrecha y agobiante del mundo burgués. También hay que subrayar la relación del arte con la ciencia, es especial con las nuevas formas de reproducción y recreación de la realidad: la fotografía y el cine. Así se abole la ilusión del espacio tridimensional en pintura y se abomina la perspectiva renacentista.

 Auguste Renoir. El columpio. Óleo sobre lienzo. 1876. Museo Orsay. París.

La breve historia del Impresionismo surge en 1874 en la Exposición de Artistas Jóvenes de la Galería Nadar. Entre los cuadros expuestos había uno, debido a MONET, titulado "l'Impresión, sol naciente". El cuadro fue duramente criticado por el crítico LEROY  en la revista Charivari, e incluso, fue el mismo critico el que peyorativamente calificó con el nombre de "impresionistas" a estos pintores; "Esa pintura, a primera vista vaga y brutal, nos parece ser eal mismo tiempo la afirmación de la ignorancia y la negación de lo bello y lo verdadero", escribe en su crítica Leroy. El grupo rechazó en un primer momento el nombre de Impresionistas, porque preferían llamarse “independientes", pero acabó imponiéndose. En la exposición de 1877 las burlas se centran en el más avanzado, Cézanne, cuya geometrización de la realidad se apartaba de los planteamientos sensoriales de sus compañeros. La última exposición como "grupo impresionista" se celebra en el año 1886. La sensibilidad social fue reacia a este tipo de pintura que durante mucho tiempo tuvo que soportar las críticas más adversas, ya que surge como rechazo de la pintura academicista y de estudio de carácter clasicista.
Este movimiento pictórico no tuvo una gran cohesión como grupo. Compartían unos intereses pictóricos y estéticos pero les faltaban unos manifiestos teóricos e incluso una línea de acción unitaria, aunque todos los pintores se conocían, se admiraban y se reunían a hablar y divertirse en la Academia Suisse, el taller de Gleyre o el Café Guerbois.
No nos encontramos ante una escuela de artistas intiuitivos, que trabajen de prisa, antes bien cada uno de ellos dedica un largo período de tiempo a estudiar la técnica pictórica. Durante la guerra de 1870 Monet, Pisarro y Sisley se trasladan a Inglaterra y allí admiran la obra de Constable y Turner; a su regreso trabajan juntos a orillas del Sena y durante algún tiempo sus obras presentan rasgos evidentes de parentesco. A Manet se debe la abolición del claroscuro convencional. Cézanne aporta del sur un colorismo diferente, más claro. Renoir descubre la luz frágil y los efectos ondulantes. Monet aplica la teoría del color fragmentado y explora las posibilidades del divisionismo científico de las manchas.

 Camille Pisarro. Los castaños de Osny. Óleo sobre lienzo. 1873. Colección privada.

Antecedentes inmediatos, como estudio de la naturaleza, su devenir y fugacidad y la importancia de luz, pueden citarse a:

°     La tradición lumínica española: Velázquez y Goya.
°     Los paisajistas románticos ingleses: Constable y Turner.
°    Los paisajistas franceses del siglo XIX o pintores de la naturaleza: la escuela de Barbizón, Corot, Courbet y especialmente Manet.

Las características técnicas principales de este movimiento se pueden resumir en:

Se utiliza el óleo sobre lienzo principalmente, aunque también el pastel sobre papel.

Pasión por la pintura al aire libre: aquí se percibe la influencia de Barbizón y la escuela normanda (H. Rousseau, Jongkind, Boudin, Díaz de la Peña...). Los pintores huyen de los talleres al campo. “Cuando llego a mi taller creo entrar en una tumba”, declaraba Manet. Esta proyección hacia los lugares abiertos viene impuesta por la temática pero más todavía por el deseo de " limpiar de barro" los colores, de verlos y reproducirlos puros, y de hallar un correctivo a la composición demasiada mecánica, de pose, del estudio.
 
   Nuevos temas. Los impresionistas descubren que no existe el tema insignificante sino cuadros bien o mal resueltos. Hacen una recuperación de lo banal que favorece la atención a los problemas formales. Hay una marcada preferencia por los paisajes tanto rurales como urbanos; interesa la captación de lo fugaz- el agua, el humo, aire...-. Son paisajes reales, no compuestos, donde aparecen elementos considerados feos como el ferrocarril, las estaciones,... Aparecen los marinos, vistas fluviales, vistas urbanas, nocturnos, interiores con luz artificial, fiestas, personajes de la bohemia, velocidad y optimismo de los nuevos tiempos... También hay escenas intranscendentes, de ocio -bailes, tabernas-. Se renuncia los temas "importantes", con mensaje; son la negación del tema.

    Nueva valoración de la luz. El color no existe, ni tampoco la forma; sólo es real para el pintor la relación aire-luz. De este modo, la luz es el verdadero tema o motor del cuadro, y por esto repiten el mismo motivo a distintas horas del día (el cuadro es simplemente un efecto de luz). Según los escritos de Constable, afirman que los objetos sólo se ven en la medida que la la luz incide sobre ellos.  La calidad y la cantidad de luz (no la línea o el color) es la que nos ofrece una u otra configuración visual del objeto. Esto les obliga a pintar al aire libre y a emplear una factura rápida capaz de captar algo tan cambiante. Los cuadros son muy luminosos y claros. 

 Edgar Degas. La primera bailarina. Óleo sobre lienzo. 1878. Museo Orsay. París.

   El color está directamente relacionado con la luz. Utiliza colores claros y luminosos (blancos, azules, rosas, amarillos, verdes...), vivos y puros que se aplican de forma yuxtapuesta para que la mezcla se produzca en la retina: es lo que se llama mezcla óptica. Con este recurso se gana viveza cromática. Es decir, afirman que existen tres colores primarios (amarillo, rojo y azul) y tres complementarios (violeta, verde y naranja).Las sombras dejan de ser oscuras y se reducen a espacios coloreados con las tonalidades complementarias, ya que el color se hace más vigoroso acercándolo a su complementario (ej. el rojo y el verde se potencian mutuamente). El negro desaparece por considerar que no existe en la naturaleza por esto el sombreado no se realiza a la manera tradicional coloreando las sombras. Conocen la Ley de los contrastes simultáneos, propuesta por el físico Chevreul, que afirma que los colores difunden una orla de cromatismo complementario: así el blanco opuesto al rojo parece verdecer, lo que permite obtener efectos de contraste.

    Pincelada suelta, corta y rápida. Para traducir mejor las vibraciones de la atmósfera rehuyen cualquier retoque de las pinceladas y prefieren la mancha pastosa y gruesa, rápida y corta, debido a la inmediatez que exigía pintar al aire libre. Todos coinciden en una técnica de toques yuxtapuestos de colores claros, aunque cada uno se singularice por su pelculiar manera de alicar el pincel. La línea desaparece y son la pincelada y el color los valores dominantes. El modeladoal modo tradicional, con gradaciones de color y luz, no existe y con el tiempo se acabará disolviendo las formas y volúmenes en impactos luminosos y cromáticos.
    
     Nueva valoración del espacio ilusorio. No hay interés por el espacio que finja profundidad, desaparece la concepción tradicional del cuadro como escaparate o ventana. Se pretende que sea algo vivo, un trozo de naturaleza, por lo que se huye de la perspectiva y la composición tradicional, aunque sigue habiendo un espacio proyectivo. En muchos cuadros lo llamativo es el encuadre mucho más atrevido, que corta figuras y objetos como el objetivo de una cámara fotográfica. En esto influye la divulgación de las estampas japonesas, especialmente por su brillo y colorido y por la presentación de nuevos encuadres, desconocidos en Europa.

     Nueva relación con el público:  ahora el cuadro no se presenta como algo acabado, sino que es el que lo ve, el espectador, el que lo tiene que reconstruir a través de su retina. Los espectadores ahora no pueden ser pasivos, sino activos.





























Edouard Manet. Le déjeuner sur l´herbe (El almuerzo en la hierba). Óleo sobre lienzo. 1863. Museo Orsay. París.


   La nómina de pintores impresionistas es muy amplia, pues algunos sólo compartieron algunas exposiciones y dejaron de interesarse por esta técnica. Los que se mantuvieron más fieles al movimiento fueron Claude Monet, Auguste Renoir, Camille Pisarro, Alfred Sisley, Edgar Degas, Paul Cézanne, Georges Seurat y la pintora Berthe Morisot. 

   Los pintores impresionistas consideraron a Edouard Manet como el precursor del movimiento, al que le correspondió la misión histórica de la ruptura; tras una etapa en que respeta los cánones académicos provoca el escándalo en el Salón de los Rechazados con su "Le déjeuner sur l´herbe" en 1863 y su Olimpia en el Salón de 1865. Formado en el academicismo, evolucionó desde el realismo hasta el impresionismo por lo que es considerado como un precedente de este movimiento. Se interesó por la pintura española, especialmente por Velázquez y Goya; también se interesó por la pintura japonesa y su sentido del color. Trató de unir la tradición clásica del Renacimiento con el Realismo: "El almuerzo en la hierba” , y "Olimpia" son interpretaciones del "Concierto campestre" de Giorgione y de "Venus" de Tiziano, respectivamente, pero con nuevos planteamientos estéticos. Tras su etapa en que respeta los cánones académicos provoca el escándalo en el “Salón de los rechazados” con su Almuerzo en la hierba en 1863, y con Olimpia, en el Salón de 1866. En ambas obras se aprecia el nuevo rumbo que toma el desnudo en la obra de arte, desnudo no justificado por ser héroes o dioses, sino jóvenes de la época (una muchacha junto a dos jóvenes con levita y una prostituta que mira al espectador). Esto la sociedad de la época no estaba dispuesta a tolerarlo.

 Edouard Manet. Olympia. Óleo sobre lienzo. 1863. Museo Orsay. París.

La figura humana, de dibujo preciso y plano, es sólo el pretexto para sus cuadros pues el verdadero protagonista es el color. Concibe las formas como masas de color: grandes manchas de colores puros y planos, con violenta oposición de tonos, aplicados con pinceladas sueltas. Los cuadros producen la impresión de abocetamiento. El empleo de colores puros yuxtapuestos y la total falta de idealización hace que Manet rompa con lo tradicional.
En el Almuerzo en la hierba. (1861), falta el acabado y sobresale los contrastes de luz y sombras, apreciándose ya la pincelada suelta y ligera. Su  Olimpia. (1865) también escandalizó mucho y destaca la piel blanquecina que forma armonías insólitas con los tonos claros del lecho y almohada. Otras obras son Pífano, donde rinde homenajea Velázquez y su su bufón Pablillos de Valladolid, En el bar de Folies-Bergere, Las majas del balcón, Fusilamiento del emperador Maximiliano, Retrato de Zola, Torero muerto...

 Edouard Manet. En el bar de Folies-Bergére. Óleo sobre lienzo. 1881-1882. Courtauld Institute of Art. Londres.

Para terminar, un video de Artehistoria sobre la figura de Edouard Manet:



miércoles, 4 de mayo de 2011

EL PARÍS DE LOS IMPRESIONISTAS II

Claude Monet. La Estación de Saint-Lazare. Óleo sobre lienzo (75,5 x 104 cm.). 1877. 
Museo d´Orsay. París.

En la nueva configuración que definía el París del Segundo Imperio y la III República, los palacios y los templos se multiplicaron de manera desorbitada, aunque cambiando con frecuencia su advocación al monarca por la entronización de la "cosa pública", la glorificación del aristócrata por la del burgués y la veneración de lo divino por la de las artes y las ciencias. Pero, sin duda alguna, los nuevos recintos palaciegos fueron las estaciones de ferrocarril.
Tras el desarrollo del ferrocarril, primero en Gran Bretaña y luego en Francia, y coherentes con su origen moderno, las estaciones ferroviarias participarían de lleno en el pulso que la arquitectura estaba librando con la ingienería y sus nuevos materiales constructivos casa desde el siglo anterior. Así, se aunaba dos corrientes enfrentados: por un lado, el canto de cisne de una arquitectura en piedra, unida a viejas retóricas formales, pero ahora  científicamente codificada en sus procedimientos. Por otro lado, las deslumbrantes posibilidades del empleo masivo del hierro fundido y el vidrio plano. Ambas corrientes convergieron en esos grandes hangares con fachada urbana que fueron las estaciones de ferrocarril, auténticas catedrales para el vapor. 
París queda rodeada de un anillo de estaciones: Garede Saint Lazare, du Nord, de l´Est, de Lyon, d´Austerliz, de Montparnasse, de Vincenns, d´Orleans. Las seis primeras, más o menos transformadas, aún se manienen en servicio. La última, desplazada hacia el Sena y convertida en el Museo d´Orsay, alberga gran parte de la memoria visual de este París decimonónico que estamos describiendo. Los impresionistas también captaron el valor deeste nuevo tipo de espacios arquitectónicos capaces de engullir atmósferas cargadas de vapor, de energía y de futuro a través de sus grandes pórticos abiertos hacia el horizonte y eel cielo. Manet, Monet y Caillebotte pintaron insistentemente la Gare de Saint Lazare y sus alrededores.


Exterior e interior del Museo d´Orsay. París
 
Hacemos ahora un inciso, para hablar del Museo de los impresionistas, el Museo d´Orsay. Inaugurado el 14 de julio de 1900 como estación de ferrocarril, la Gare d´Orleans, el arquitecto Victor Laloux concibió el edificio como un conjunto prestigioso, con un hotel de 370 habitaciones. Estuvo funcionando como estación hasta 1939. Declarado monumento histórico en 1973, fue transformado en Museo y abierto al público el 1 de diciembre de 1986.
El Museo d´Orsay (Rue de Lille, 62) cubre el período artístico que va  desde 1848 hasta 1914. Es, por tanto, el museo donde puede contemplarse la mayor parte de la producción artística de los impresionistas. En la planta baja del museo se sitúa parte de la pintura impresionista anterior a 1870, pero sin duda la mejor y más numerosa se encuentra en la planta superior, enteramente dedicada al impresionismo y postimpresionismo, incluida una sala especial para la escultura de Degas y Renoir.

 
Charles Garnier. Palacio de la Ópera de París. 1875. Exterior e interior.

En la actual instalación del Museo d´Orsay, los museógrafos han situado la maqueta del colosal Teatro de la Ópera (1860-1874) que diseñara Charles Garnier. Se evoca así el protagonismo del edificio más emblemático del París del Segundo Imperio y la III República, que allí se congregaba en las rutilantes veladas de ópera para rendirse culto a sí mismo, ornado con sus mejores galas y exhibiendo ufano el aparato simbólico de un poder económico, social y político recién estrenado.
Como el jardín urbano o el bulevar, las representaciones de ópera, teatro, música o ballet se convertían, simultáneamente, en acontecimientos de una cultura resplandeciente y en escaparates para la liturgia social de la vida parisina (La vie Parisienne fue el título de una de las óperas más célebres de Offenbach, estrenada en 1867).
Es un ambiente que percibimos también claramente en otro cuadro de Monet, Baile de máscaras en la Ópera. En esta tela vuelven a aparecer un puñado de retratos de personajes del mundillo intelecutal y artístico, entremezclados con anónimos galanes que cortejan a enigmáticas damitas.

Claude Monet. Baile de máscaras en la ópera. Óleo sobre tela. 1873. National Gallery of Art. Washington.

Degas y Renoir también pintaron escenas ambientadas en este sugestivo mundo del espectáculo distinguido, en el que el público obraba como el verdadero protagonista. Degas, concretamente, se sintió especialmente atraído por los acontecimientos de música y danza que tenían lugar en dichos escenarios. Pero el artista también quiso trascender el momento mismo de la representación en público para adentrarse tras los bastidores, llegando a esa entraña misma del espectáculo que constituyen las duras sesiones de ensayo. Dentro de la apariencia de las cosas, tras la inevitable ficción que implica toda manifestación artística o adespecho de la frivolidad mistificadora de la vida mundana reaparece entonces el rostro verdadero de la condición humana. Es la herencia del realismo y naturalismo que propugnaron Zola (en su novela "Nana") o Courbet. Es la actitud que emerge en novelas capaces de adentrarse en realidades descarnadas o en cuadros que nos muestran fragmentos de una intimidad desprejuiciada, como las numerosas escenas de toilette pintadas por Courbet, Degas, Renoir, Cézanne o Toulouse-Lautrec.

 Edgar Degas. Clase de baile. Óleo sobre lienzo (85 x 75 cm.). 1875. Museo d´Orsay. París.

Espectáculo mundano por excelencia fueron las carreras de caballos, que períodicamente se celebraban en el hipódromo de Longchamp, inaugurado por el mismo Napoleón III en 1857, en el corazón del Bois de Boulogne. También se convertiría en argumento predilecto para la nueva pintura (el antecedente está en "El derby de Epson", pintado por Théodore Gericault en 1822). Manet y Degás nos han dejado imágenes vivísimas de esta colorista manifestación de la vida parisina que fueron las carreras en el hipódromo. Aire libre, movimiento, fugacidad, potencia y tensión psicológica se conjugan en unos cuadros que buscan captar la instantaneidad. Son imágenes acosadas por esa condición efímera, fugaz y cambiante que imprime la velocidad, los nuevos tiempos. 
El valor de lo veloz como expresión del movimiento preocupó especialmente a la fotografía de la época pero, sobre todo, fue algo inseparablemente asociado al pensamiento del hombre moderno desde que tuvo ocasión de subirse a un tren.
 
Édouard Manet. Carreras en el Bois de Boulogne. Óleo sobre lienzo (72,5 x 94 cm.). 1869. Colección privada.

Edgar Degas. Carreras de caballos frente a la tribuna. Óleo sobre lienzo (46 x 61 cm.). 1866-68. Museo d´Orsay. París.



Concluímos con dos estupendos videos sobre el museo de los impresionistas, el Museo d´Orsay de París:






Bibliografía:


-- Brihuega, Jaime: "París en tiempos de los impresionistas". En Revista "Descubrir el arte", nº 2 y 3. Madrid, 1999.
-- Denvir, Bernard: "El Impresionismo". Labor. Barcelona, 1991.
-- Historia del Arte Salvat: "El Realismo y el Impresionismo", Col. Historia del Arte, 15. Salvat. Barcelona, 2006.
-- Rewald, J.; "Historia del Impresionismo". Seix Barral. Barcelona, 1981.
-- Wikipedia.

domingo, 1 de mayo de 2011

EL PARÍS DE LOS IMPRESIONISTAS I

 Camille Pissarro. Boulevard de Montmartre. Óleo sobre lienzo. 1897. Victoria Gallery of Art. Melbourne (Australia).

En la segunda mitad del siglo XIX, el Impresionismo llevó hasta sus últimos extremos una trayectoria pictórica inciada en tiempos del Renacimiento, época en la que se arbitraron los instrumentos fundamentales de la representación figurativa occidental: la representación de la realidad en el espacio tridimensional. Pero, al mismo tiempo que consumaba un proceso pictórico que había durado casi cinco siglos, el Impresionismo preparó las bases para la disolución de los lenguajes figurativos tradicionales, que a partir de ese momento se aventuraron por los diversos derroteros de las vanguardias históricas, derivando incluso hacia formas de abstracción absoluta.
En líneas generales, la pintura de lo que podríamos llamar "Impresionismo ortodoxo" busca plasmar, con precisión de instantánea, aquellos cambios que sobre la apariencia de las cosas operan la atmósfera, la luz y sus reflejos, la nueva capacidad perceptiva del ojo de quien mira la realidad o de quien contempla el lienzo que la representa. Una parte fundamental de las obras del movimiento muestra la naturaleza y el mundo rural: ríos, mar, arboledas... Sin embargo, numerosos cuadros pintados por estos pintores tienen por argumento inequívoco y central la ciudad y sus gentes, los ciudadanos. Y la ciudad de los impresionistas, por excelencia, fue el París de la segunda mitad del siglo XIX.
En la capital de Francia aprendieron sus primeras armas como artistas, pasaron calamidades de todo tipo, intercambiaron sus ideas y experiencias de taller y concibieron, tanto un proyecto común, como las estrategias para su difusión. En estrecho maridaje con aquellos críticos, escritores, músicos y marchantes que apostaron por la renovación del arte, realizaron una heroica ofensiva contra el gusto académico, procurándoles un fuerte rechazo por parte de público y crítica. Pero también fue París donde, tarde o temprano, los impresionistas consiguieron el triunfo, hasta el punto que sus conquistas acabaron nutriendo los lenguajes visuales dominantes como simple recetario de formas. El que París fuera protagonista de excepción de la obra de estos nuevos artistas resultaba inexorable, ya que la ciudad que vieron los impresionistas estuvo tan sujeta al ritmo de la transformación y el cambio como lo estuvo su pintura.

Pierre-Auguste Renoir. Grand boulevard. Óleo sobre lienzo. 1875. Philadelphia Museum of Art. Filadelfia.

 Los impresionistas se criaron en el París de Balzac y llegaron a la madurez en el París de Zola; presenciaron la transformación de la ciudad con la guía del Barón Haussmann: una maraña arcaica de grandes palacios y de edificios superpoblados y descuidados se convirtió en una ciudad luminosa de grandes boulevards, hoteles lujosos y parques verdes que ellos, al elegirlos como tema de sus obras, iban a inmortalizar.
"El viejo París no existe (la forma de una ciudad/cambia más depreisa, ¡ay! que el corazón de un mortal)...". Así se expresaba Charles Baudelaire, poeta, crítico de arte, hombre de su tiempo y paseante dandy por excelencia , en un poema escrito en 1857. Sobre su realidad física se estaban haciendo patentes unas transformaciones  que la Revolución Industrial venía operando desde finales del siglo XVIII. En París, a paritr de 1853 y hasta 1870, en la época del II Imperio de Napoleón III, el barón Haussman, prefecto de la región del Sena, puso en marcha la primera de las grandes ordenaciones urbanas del siglo XIX, que acabaría transformando por completo la capital francesa. Veamos, pues, como se llevan a cabo estas transformaciones urbanas.
En esos diecisiete años París no sólo cambió de aspecto sino de habitantes, también: de 1.200.000 a casi 2.000.000. Bajo las órdenes de Haussman desaparecieron 54 kilómetros de calles del antiguo tejido urbano y fueron añadidos nada menos que 165 kilómetros de nuevo trazado. El resultado fueron esos grandes y rectilíneos bulevares conectados entre sí por trazados radiales o diagonales. Un cinturón de barrios periféricos fueron fagocitados y digeridos en enclaves suburbiales. Así sucedió con el famoso Montmartre, que todavía conserva su sabor de viejo suburbio, a pesar de haberse convertido en santuario para el turismo de hoy en día.
Por otro lado, Haussman triplicó la llegada del agua potable, el alumbrado por gas, la red de alcantarillado y los transportes terrestres. Surgieron nuevos parques (Bois de Boulogne, Bois de Vincennes, etc.) y se reordenaron y potenciaron los ya existentes (Tullerías, Jardín de Luxembourg...). La administración construyó edificios de todo tipo: escuelas, cárceles, mercados, hospitales, bibliotecas, auditorios, teators, museos o cementerios. Las calles se llenaron de monumentos y quioscos de música. La ciudad cambió y, con ella, sus gentes. El nuevo París se convirtió en el escaparate de una nueva liturgia social y cultural. Había surgido una nueva ciudad y, junto a ella, un nuevo arte: el arte del Impresionismo.
Y fue la nueva sociedad surgida de esa revolución industrial la que habría de transformar París. La Administración se volcó en obras y medidas asociadas al bienestar social con el fantasma de la Revolución de 1848 fresco en la memoria, esto es, pensando en la eventual amenaza representada por las clases populares. Sobre todo, un proletariado industrial cada vez más organizado políticamente, como quedaría demostrado en 1871 durante los sucesos de la Comuna de París. En aquellas fechas, el flamante trazado viaria de la ciudad se llenaría, una vez más, de barricadas, escaramuzas y represión. Manet ha dejado testimonio visual de estos enfrentamientos.

Édouard Manet. Música en las Tullerías. Óleo sobre lienzo. 1862. National Gallery. Londres.

Además, esta ciudad con el semblante transformado acabaría transformando a su vez a quienes la habitaban, que se sintieron impulsados a desplegr unas pautas de comportamiento social y cultural acordes con la elocuente magnificencia del nuevo paisaje urbano. En este sentido, el cuadro de Manet Música en las Tullerías (1862) nos parece hoy una imagen cargada de significados que van más allá que los de la simple estampa de costumbres.
Su formato es amplio, como el de la mirada panorámica del paseante. Su pincelada rápida, como el ritmo del cambio circundante. En su argumento, la naturaleza ha sido desplazada por el jardín urbano, y los personajes de la literatura, la mitología, la historia o el mundo exótico, que se empeñaba en perpetuar el academicismo de los salones oficiales, han sido suplantados por burgueses vestidos a la moda, convertidos simultáneamente en actores y espectadores de una nueva epopeya civil. Ahí están representados algunos de los nuevos personajes de la escena cultural: el propio Manet, los pintores Fantin-Latour y Charles Mongiot, los críticos de arte Champfleury y Astruc, el periodista A. Scholl, los escritores Baudelaire y T. Gautier, el músico Jacques Offenbach, etc.

 Claude Monet. Boulevard des Capucines. Óleo sobre lienzo. 1873. Elson-Atkins Museum of Art. Kansas City, Missouri.

Las calles y los jardines de París fueron un motivo recurrente en los lienzos de los nuevos pintores (especialmente en las obras de Monet). En todas ellas, los monumentos pierden su carácter emblemático para fundirse en la globalidad de una impresión visual única: todo (árboles, ríos, gente, trazados urbanos, etc.) se transforma en una metáfora tangible del bullicio parisino. Esta impresión de muchedumbre agitada alcanza su grado máximo en las vistas que Monet realizó de "Vista de las Tullerías", "Boulevard des Capucines" o la "Rue Saint-Denis". Por su parte, Renoir, que ha había pintado los "Campos Elíseos durante la Exposición Universal de 1867", realizó vistas del Pont des Arts y del Pont Neuf atravesados por numerosos pasantes, así como grandes perspectivas de bulevares colmados por una multitud en moviemiento. También Pisarro pintó desde un piso alto el "Boulevard des Italiens" lleno de gente y vehículos y Degas una "Place de la Concorde" reducida a un fragmentode espacio señalado por los primeros planos de paseantes moviéndose en todas direcciones. Imágenes como éstas son muy frecuentes en la pintura de Gustave Caillebotte. 
Este artista, cada vez más apreciado por la crítica actual, buscó siempre puntos de vista sorprendentes y, a la vez, concordes con la mirada del habitante urbano. Es el caso de sus imágenes de calles tomadas casi en vertical, desde lo alto de un balcón. También de vistas de los techos parisinos o de esa sorprendente "Place d´Europe bajo la lluvia", mostrando los acerados reflejos del pavimento encharcado, el aire nebuloso y húmedo y la extraña luz que, bajo los paraguas, baña los rostros de los paseantes. 

 Gustave Caillebotte. Calle de París; tiempo lluvioso. Óleo sobre lienzo. 1877. Art Institute of Chicago.


Para terminar dos videos de Artehistoria, uno sobre París, ciudad de la luz y otro sobre la primera exposición impresionista:







Bibliografía:


-- Brihuega, Jaime: "París en tiempos de los impresionistas". En Revista "Descubrir el arte", nº 2 y 3. Madrid, 1999.
-- Denvir, Bernard: "El Impresionismo". Labor. Barcelona, 1991.
-- Historia del Arte Salvat: "El Realismo y el Impresionismo", Col. Historia del Arte, 15. Salvat. Barcelona, 2006.
-- Rewald, J.; "Historia del Impresionismo". Seix Barral. Barcelona, 1981.
-- Wikipedia.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...