ARTE TORREHERBEROS: Coleccionistas
RICHARD ESTES. "Water Taxi, Mount Desert". Óleo sobre lienzo. Kemper Museum of Contemporary Art, Kansas City (Missouri).


BIENVENIDOS A TODOS Y TODAS. Este blog nace con la única pretensión de complementar y facilitar las tareas a los alumnos/as de Historia del Arte de 2º de Bachillerato del IES Torre de los Herberos de Dos Hermanas (Sevilla), así como hacer pasar un rato agradable a todos los amantes del arte. No tiene ninguna otra pretensión intelectual. De los textos es responsable el administrador del Blog, no así de las opiniones expresadas en los comentarios. Las imágenes o fotografías, videos y presentaciones están tomadas de internet mayoritariamente, citando la autoría siempre que ha sido posible; si en alguna de ellas no aparece, es por error o descuido, y ruego que me lo hagan llegar para subsanarlo. Casi todo lo que aparece en estas páginas es libre y abierto, y se puede descargar para otros fines, pidíéndose únicamente que se cite la procedencia.





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martes, 13 de septiembre de 2011

LA HISPANIC SOCIETY OF AMÉRICA DE NUEVA YORK

 Fachada principal de la Hispanic Society de Nueva York.


La Hispanic Society of America es un impresionante museo situado a escasos quince minutos y pocas paradas de metro de Times Square, centro de Nueva York, bastante desconocido por el gran público. Fue creado a principios del siglo XX por el filántropo y millonario Archer Milton Huntigton; en su interior alberga la más amplia colección de obras de la cultura española que se pueda visitar fuera de España. También es uno de los pocos templos del arte que no sufre la epidemia de la masificación turística.
La Hispanic Society of América quedó inaugurada oficialmente el 20 de enero de 1908, en el centro de Broadway, entre las calles 155 y 156. Sólo cuatro años antes su fundador, Archer Huntington, había adquirido el terreno para dar contenido a su idea. “Mi museo debe condensar el alma de España a través de los trabajos de la mano y del espíritu. Quiero conocer ese país tal como es y expresarlo en mi museo. Es todo lo que puedo hacer. Si puedo hacer un museo como un poema, ha de ser fácil de leer”. Hoy, ese lugar es zona de acogida y hogar de miles de ciudadanos que se expresan en castellano, en diferentes versiones y tonalidades.
Archer Huntington, hijo único de uno de los hombres más ricos de América y enamorado de España desde niño, hizo de su vocación de hispanista la tenaz razón de su existencia. Empezó coleccionando sellos españoles, bastante antes de su primer viaje a la Península Ibérica, que data de 1892. Este primer viaje a España de Huntigton constituye un epílogo glorioso a la gran saga de los viajeros románticos (Doré, Laborde, Mérimée…) que hicieron en suelo hispano un arquetipo de ese género. Mientras España y los Estados Unidos guerreaban por Cuba, en 1898, Huntington viajaba por el Norte de la Península para descubrir y afirmar contra viento y marea, los insólitos valores históricos, sociales y artísticos de lo español
Una de sus máximas en el coleccionismo fue la de no expoliar el arte del interior de nuestro país, comprando siempre en el extranjero todo lo que tenía que ver con lo hispano.

 Estatua de El Cid, delante de la Hispanic Society.

 Galería central de la Hispanic Society, biblioteca y museo.

Huntington era gran admirador de la figura del Cid y estuvo mucho tiempo enfrascado en la edición y en el personaje del Mío Cid. Precisamente, desde 1927, la estatua ecuestre de Rodrigo Díaz de Vivar preside la plaza situada frente al museo, dando la bienvenida a todo aquel que se acerca a visitar la cultura española contenida en este espacio museístico.
La enumeración de los contenidos conservadas es bastante importante: 982 cuadros (Velázquez, Goya, El Greco, Rivera, Murillo, Zurbarán, Fortuny, Nonell, Rusiñol, Sorolla, Mir, Anglada Camarasa, Ramón Casas…), 6.800 dibujos, un total de 23.000 obras en el departamento del museo, que incluye pintura, escultura, artes decorativas, colonial, antigüedades… Pero aún hay más: 15.000 libros raros de antes de 1.700, unos 20.000 modernos (1700-1830), casi 250.000 manuscritos desde el siglo XII, 150.000 fotografías etnográficas, unos 18.000 carteles y grabados, el único primer ejemplar que queda de La Celestina, primeras ediciones del Tirant lo Blanc, 125.000 discos…
Uno de los cuadros iniciales es el Retrato de El Duque de Alba, de Antonio Mor, que se exhibe hoy como testimonio de los cuadros iniciales que componen la antológica recopilación. Tras el saludo al Cid, nada más franquear la puerta del palacio aparece una de las inquilinas más reconocidas, La Duquesa de de Alba que Francisco de Goya pintó en 1797 vestida de negro, con el atuendo de una maja. Se cuenta que su autor se la llevó consigo al exilio de Burdeos. Del artista aragonés cuelgan varias obras, como el Retrato del brigadier general Alberto Forastier (1804), pintado rápido encima de otro de Godoy.

 Francisco de Goya. Retrato de la Duquesa de Alba. Óleo sobre lienzo (210 cm x 149 cm.). 1797.

El Retrato de Unamuno lo pintó su amigo Ignacio Zuloaga junto a piezas de papiroflexia, a la que era muy aficionado el escritor vasco. Le siguen Retrato de Pio Baroja y La santera de Ramón Casas.
En el recorrido surge otra de las maravillas: se ubica en la biblioteca y se trata el Mapa del mundo cartografiado en 1526 por Giovanni Vespucci, sobrino de Américo Vespucci, explorador que le dio nombre al Nuevo Mundo. Entre los cuadros de El Greco, sobresalen La Sagrada Familia y La Piedad. Al Greco le suceden los Velázquez, como Retrato de una niña, considerado una joya, una rareza en la obra del maestro. A su lado, otra cumbre velazqueña, el Gaspar Guzmán, Conde-Duque de Olivares. Otro cuadro muy interesante es Las chicas de Burriana, del barcelonés Anglada Camarasa, comprado del taller de París, uno de los cuadros más avanzados de la época.
 
 El Greco. La piedad. Óleo sobre lienzo. 1575-1577.

 Diego Velázquez. Retrato del Conde Duque de Olivares. Óleo sobre lienzo. 1624-1628.

No hay Picasso, Miró o Dalí. Ello se debe a que Huntington era un hombre de la época victoriana y su gusto, muy conservador, era de otra época. Buscaba lo castizo, lo tradicional y Picasso o Miró se habían convertido en pintores franceses. El magnate era del antiguo régimen, muy culto y conservador, y no le gustaba nada el arte abstracto.

Dejamos para el final la obra de Joaquín Sorolla y la relación de Huntington con el pintor valenciano. Este museo debe mucho a Londres y a una de sus galerías, la Grafton. Ahí fue donde Huntington descubrió en 1908 (el mismo año de la apertura de su museo) la obra de Sorolla. El millonario estadounidense consiguió que la exposición londinense se trasladara a la Hispanic Society, por donde pasaron 160.000 espectadores en poco más de un mes en 1909, siendo el espaldarazo definitivo de ambos hacia la fama.
El caso es que Huntington descubrió a Sorolla. Hizo algo más que comprar cuadros de este pintor, que los compró, como el espectacular Sol de tarde (Beaching the boat). En 1910 le propuso que pintara una serie de grandes retratos en formato gigante que reflejaran la historia contemporánea de España. Para instalar este trabajo monumental, el impulsor decidió añadir un nuevo edificio al principal. Sorolla, ya en plena madurez, se vio desbordado e incapaz de afrontar la documentación que requerían las escenas para un friso de 70 metros de largo por casi 4 metros de alto, en los que plasmar la historia de uno de los países más complejos de Europa. Rechazó la oferta. Huntington comprendió su error y volvió a formularle el impresionante reto, esta vez bajo el encargo de pintar las provincias de España y Portugal, con sus gentes y el espíritu de sus regiones.

 Joaquín Sorolla. Fiesta del pan (de la serie "Visiones de España"). Óleo sobre lienzo (14 m. x 
3,5 m.). 1913.

Sorolla filtró por su paleta la esencia misma de la España de las regiones y, con tremendo esfuerzo de síntesis, resolvió el encargo del magnate americano que hoy da fama universal y visitantes a la Hispanic Society de Nueva York. El encargo dio lugar a los 14 lienzos (1911-1919) que componen Visiones de España. La sala de su exposición se ha reformado (se reabrió en mayor de 2010). Durante el período de reforma, los cuadros han venido a España, donde se exhibieron en diversas ciudades (Madrid, Valencia, Sevilla…) y alcanzó más de 2,2 millones de espectadores.
La Visión de España reproduce el tipismo y lo castizo de la esencia hispana: los aragoneses de Ansó, los navarros del Roncal, los lagarteranos de Toledo, los tipos segovianos, el flamenco, la semana santa y los toros. Para los toros escoge la plaza de la Maestranza de Sevilla (al elegir la plaza más famosa, representa a todas las plazas), donde los toreros hacen el paseíllo; es tal el verismo de la imagen que se puede saber quien son los retratados, como Machaquito o Matías Lora, “la Rita”.

 Joaquín Sorolla. La pesca del atún en Ayamonte (de la serie Las regiones de España). ÓIeo sobre lienzo. 1919.

En fin, un gran museo muy desconocido en la meca del Arte contemporáneo, en el Nueva York del MOMA, el Metropolitan o el Guggenheim. Este museo, en su totalidad, es como se uno se trasladara a cualquier territorio español, pero en Nueva York.


Para más información, consultar www.hispanicsociety.org


Archer Milton Huntington (hacia 1909).

viernes, 9 de septiembre de 2011

EL COLECCIONISTA DE ARTE JOSÉ LÁZARO GALDIANO


 José Lázaro Galdiano es, probablemente, el coleccionista español  más controvertido del siglo XX. Su museo en Madrid, heterogéneo y desigual, es fiel reflejo de su propia personalidad. En este post, no queremos hacer un recorrido por su museo madrileño (que será tema de otra entrada), sólo una pequeña semblanza biográfica, para conocer algo más del personaje.

Nacido en Baite (Navarra) en 1862 y fallecido en Madrid en 1947, Lázaro Galdiano fue la personalidad más destacada y menos reconocida del coleccionismo español durante la primera mitad del siglo XX. Según Gaya Nuño, al final de sus días tenía fama de “viejo huraño, arbitrario y esquivo con las gentes” y su vida sigue llena de sombras. Murió retirado y solitario, en lucha permanente con sus propios fantasmas y amargado, sin duda, por no haber obtenido el reconocimiento social y científico que creía merecer.
Hombre independiente y altanero, Lázaro estudió Derecho y Filosofía y Letras, siendo nombrado a los veintiún años secretario de la sucursal del Banco de España en Barcelona, en donde, además de cultivar el periodismo, se inició en el comercio de las obras de arte y fue secretario de la Exposición Universal de 1888. En ese mismo año se instaló en Madrid, iniciando una brillante carrera como hombre de negocios y editor. En 1889 fundó La España Moderna, quizá la revista cultural más importante de su época, y después crearía la editorial del mismo nombre, la Revista Internacional y la Biblioteca de Jurisprudencia, Filosofía e Historia. Paralelamente inició en su casa de la Cuesta de Santo Domingo una colección de obras de arte que no dejaría de crecer hasta el momento de su muerte. En febrero de 1899, Rubén Darío describió ya la vivienda de Lázaro como “una casa que es al mismo tiempo un museo” y consta que, hacia 1900, nuestro personaje había adquirido ya algunas de las piezas más preciadas de su colección.

La época de esplendor de este mecenas sería, sin embargo, la de la década  anterior a la Gran Guerra, cuando, tras casarse en 1903 con Doña Paula Florido, una madura y riquísima viuda bonaerense, construyó el palacete de “Parque Florido” (terminado en 1908 y hoy sede de su museo), y al disponer de dos importantes fortunas, pudo colmar sus sueños de coleccionista. En 1913 su colección de pinturas, reproducida fotográficamente por Lacoste, comprendía 466 obras.  Y a sus pinturas y dibujos se unían las esculturas, armas, medallas, libros, marfiles, miniaturas, muebles, tapices, abanicos y todo tipo de objetos artísticos. Todo ello configuraba una colección miscelánea y heterogénea que era muy del gusto de la época, pero, a la vez, terriblemente desigual desde el punto de vista cualitativo.
En el primer cuarto de siglo Lázaro estuvo en la cima. Durante unos años fue miembro del Patronato del Museo del Prado (del que saldría dando un portazo), hizo frecuentes viajes al extranjero volviendo siempre cargado de obras de arte y, polemista nato, denunció en los periódicos diversos atentados contra el patrimonio artístico al tiempo que escribió algunos artículos de carácter erudito. En 1921 fue incluso elegido Presidente del Congreso Internacional de Historia del Arte que se celebró en París. Poco después se produciría un creciente alejamiento de las esferas oficiales y de las instituciones y círculos artísticos reconocidos, ante los que tuvo siempre una arrogante posición de desafío. Exiliado durante los años de la República y la Guerra Civil, tras la muerte de su mujer en 1932 se encerró en sí mismo y el coleccionismo se convirtió para él en su único vivir, en una actividad compulsiva que le llevó a extremos cercanos a lo patológico.

 Exterior del Museo Lázaro Galdiano en Madrid.

Al poco de su muerte, tras haber donado al país su palacete y sus colecciones, el prestigioso Sánchez Cantón escribió, con desdén, que “en la colección Lázaro la abundancia es nociva para el disfrute. No estuvo bien esa herida, pero es cierto que uno de los rasgos más característicos de la colección de Lázaro Galdiano es su ansía por  poseer, por atesorar, por encima de la emoción estética. Es verdad también que otro rasgo de su carácter, la autosuficiencia, le llevó con cierta frecuencia a cometer errores que, magnificados por la envidia y el rencor, extendieron pronto un manto de sospecha sobre gran parte de sus adquisiciones.
En la actualidad el Museo Lázaro Galdiano sigue estando en el palacio de Parque Florido, en la calle Serrano de Madrid. Siempre sintió Lázaro veneración por Francisco de Goya. En 1905 encargó a Eugenio Lucas que le decorara los techos de su casa con obras alusivas al pintor aragonés; también editó en castellano en 1909 la monografía que el alemán Valerian Von Loga había publicado en Berlín seis años antes sobre Goya. Y en la primavera de 1928, al cumplirse el primer centenario de la muerte del gran artista en el exilio de Burdeos, organizó en la Casa madrileña del periódico ABC, una exposición con obras de su propiedad (cuadros y cartas), titulada “Don Francisco de Goya, sus precursores y contemporáneos", escribiendo además el prólogo del catálogo.

 Una de las salas del Museo Lázaro Galdiano

Sin embargo, hoy pasados los años y cuando su nombre es conocido por todos gracias al espléndido museo que legó, estamos obligados a recordar no sólo sus errores sino también sus indudables aciertos. Lázaro fue el primer coleccionista interesado por los primitivos españoles del siglo XV, el que redescubrió y dio a conocer internacionalmente al pintor romántico Eugenio Lucas, el hombre que reunió la colección más interesante de pintura inglesa en España, y, sobre todo, el creador de uno de los conjuntos más fascinantes del coleccionismo español contemporáneo. Un conjunto, es verdad, heterogéneo y desigual, hecho de obras maestras, de otras menos que medianas e, incluso, de falsificaciones. Pero que responde como pocos a la personalidad grande, enigmática y contradictoria de su creador, un hombre que, según confesó en una discusión sobre atribuciones, prefería sacrificar “la verdad ante la belleza antes que la belleza a la verdad”.

 Francisco de Goya. El aquelarre. Óleo sobre lienzo, a partir de un fresco (43 x 30 cm.). 1797-98. Múseo Lázaro Galdiano. Madrid.


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Basado en el artículo de ÁLVAREZ LOPERA, JOSÉ: “José Lázaro Galdiano”. Revista Conoce el arte. Año I. Número 2. Abril 1999.

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