ARTE TORREHERBEROS: El_Bosco
RICHARD ESTES. "Water Taxi, Mount Desert". Óleo sobre lienzo. Kemper Museum of Contemporary Art, Kansas City (Missouri).


BIENVENIDOS A TODOS Y TODAS. Este blog nace con la única pretensión de complementar y facilitar las tareas a los alumnos/as de Historia del Arte de 2º de Bachillerato del IES Torre de los Herberos de Dos Hermanas (Sevilla), así como hacer pasar un rato agradable a todos los amantes del arte. No tiene ninguna otra pretensión intelectual. De los textos es responsable el administrador del Blog, no así de las opiniones expresadas en los comentarios. Las imágenes o fotografías, videos y presentaciones están tomadas de internet mayoritariamente, citando la autoría siempre que ha sido posible; si en alguna de ellas no aparece, es por error o descuido, y ruego que me lo hagan llegar para subsanarlo. Casi todo lo que aparece en estas páginas es libre y abierto, y se puede descargar para otros fines, pidíéndose únicamente que se cite la procedencia.





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martes, 2 de abril de 2013

EL MAESTRO DEL PRADO, DE JAVIER SIERRA

 


No se escriben muchas novelas relacionadas con la historia del arte, y menos ambientadas en museos. También algunas de las que se escriben no guardan el rigor y la fidelidad histórica que se requiere. Pero de vez en cuando, aparecen obras muy interesantes que facilitan el conocimiento de determinadas obras de arte, al mismo tiempo que incitan al acercamiento de nuestra disciplina. Este es el caso de la nueva novela de Javier Sierra, presentada en febrero de este mismo año: "El Maestro del Prado" (Planeta, 2013).

Javier Sierra es un consumado novelista que mezcla muy bien la erudicción histórica con misterios, intrigas y ciertas dosis sobrenaturales, moviéndose muy bien en el terreno de las aparaciones, los mensajes cifrados y las revelaciones ocultas que esperan ser descubiertas. Ya nos lo ha demostrado en novelas con gran éxito comercial como "La cena secreta" (que giraba en torno al misterio del fresco de La última cena de Leonardo da Vinci en Milán), "Las puertas templarias" "La dama azul" o "El ángel perdido".

En primer lugar, veamos la presentación en video (book trailer) de la novela:





El propio autor nos narra al principio del libro que lo que va a contar le ocurrió cuando era muy joven (19 años) y estudiaba periodismo en la Universidad a principios de los noventa; allí, en sus continuas visitas al Museo del Prado, conoció a un misterioso maestro, Luis Fovel, quién le va a descubrir los secretos de varios de los grandes lienzos encerrados en el museo; al mismo tiempo, el protagonista se ve envuelto en una investigación que le lleva a visitar el Monasterio de El Escorial, y a Lucía Bosé en Turégano (Segovia). Además, es perseguido por un misterioso inspector de policia. 
Casi toda la trama se desarrolla en el mismo museo, donde el viejo maestro le incita a observar determinados lienzos e intente desentreñar por sí mismo los secretos de  los cuadros que le muestra. En una palabra, que analice los lienzos con otros ojos y que complete las indicaciones que el maestro le da. De ahí la importancia de la frase:  

"el buen maestro llega cuando el discípulo está preparado".

Según el autor, todo esto le ocurrió de verdad a él en sus primeros años de estudiante, y que no es ficción, y si él lo dice, habremos de creerle. Asegura que recibió esas peculiares lecciones de su maestro en cinco días y que luego no volvió nunca más a saber de él. Así pues, está escrita en primera persona y podemos hablar de una ficción realista, que deja a juicio del lector conjeturar lo que crea oportuno de la extraña historia que se narra en El maestro del Prado.

 Rafael. Sagrada Familia del roble. Óleo sobre lienzo. 1519. Museo del Prado. Madrid.

 Tiziano. La gloria. Óleo sobre lienzo. 1551-1554. Museo del Prado. Madrid.

La obra empieza con mucha fuerza, nos atrapa y nos absorve, intentamos meternos dentro del misterio que encierran estas grandes composiciones pictóricas, así como en el misterio que envuelve desde el principio a los protagonistas. Además, el estilo literario es fluido, sencillo, directo, con un indudable trabajo de investigación y estudio de las obras. Pero con el tiempo la obra se va haciendo pesada, se sobrecarga la información que nos ofrece de determinadas obras, la trama misteriosa que rodea al protagonista se va diluyendo, el ritmo del libro se va ralentizando y los acontecimientos son muy poco relevantes. Incluso el final es algo decepcionante.

Eso sí, estamos ante un libro muy interesante para todos los amantes del arte y perfecto para los estudiantes de arte, pues intenta explicar de manera diferente determinados aspectos de ciertas obras, incitando y estimulando a conocer más de los pintores y de las obras en concreto. A mí me ha dejado con ganas de volver a visitar El Prado y repasar ciertos lienzos. Si esto es lo que quería conseguir el autor, creo que lo ha conseguido.

Como en otras novelas del mismo autor, la mayoría de los lienzos que analiza son de autores que pudieron pertenecer a sociedades secretas o a sectas y que trataron de ilustrar libros misteriosos y proféticos escritos en su tiempo. Así trata de explicar obras tan turbadoras e inexplicables como "El triunfo de la muerte" de Brueghel el Viejo o "El jardín de las delicias" de El Bosco. Pero también se sumerge en obras de Rafael ("La perla", "Sagrada familia del roble" o "Retrato de cardenal"), Tiziano ("La Gloria" o "Carlos V vencedor en Mülhberg"), Botticelli ("Historias de Nastagio degli Onesti"), Juan de Juanes ("La Santa Cena") o El Greco ("El sueño de Felipe II", "La Encarnación" o "La Resurrección").
Además, se hacen referencias a otras grandes obras de arte que no están en el Museo del Prado como "El Papa León X y dos cardenales" y "La Escuela de Atenas" de Rafael, la "Anunciación" de Fra Angélico o "La Virgen de las rocas" de Leonardo. Por cierto, el libro viene con magníficas ilustraciones de las obras analizadas, que nos facilitan el seguimiento de las mismas.

 Pieter Brueghel. El triunfo de la muerte. Óleo sobre tabla. 1562. Museo del Prado. Madrid.

El Greco. La resurrección. Óleo sobre lienzo. 1597. Museo del Prado. Madrid.

Hay algunos aspectos de la novela que no me acaban de convencer. En primer lugar, da la impresión ha querido meter en la obra muchos de los misterios de la historia y encerrarlos en determinados lienzos: así aparece la lanza de Longinos en el retrato de Carlos V de Tiziano, la historia de los dos Jesús o Jesús y San Juan Bautista en los lienzos de Rafael y Leonardo, el Santo Grial en la Última Cena de Juan de Juanes... Toda esta parte sobrenatural parece estar metida con calzador, como piezas de puzzle encajadas a martillazos;  ello puede dar la impresión de ser un pastiche de difícil digestión.
Por otro lado, algunas de las explicaciones que se dan de ciertas obras paracen inconcebibles, irreales; para mí, la menos creíble, es la de "El triunfo de la muerte" de Brueghel, ya que me parece bastante rebuscada; en cambio, la explicación de "El jardín de las delicias" de El Bosco, me parece muy interesante, pues estamos acostumbrados a interpretarla como la corrupción de la vida, la lujuria y el pecado continuo nos conduce al infierno, mientras aquí se aventura que El Bosco perteneció a la secta de los adamitas, que creían y defendían la desnudez del cuerpo y la inocencia de Adán y el Edén, creyendo en la regeneración del ser humano para alcanzar el paraíso. Así, hay nuevas aportaciones a ciertos cuadros, muchas de ellas bastante provocadoras, algunas más razonables que otras, y que, seguramente, muchos historiadores del arte interpretarán como absurdas, como auténticas herejías.

Sobre el Museo del Prado, hay muy buenas obras noveladas sobre los misterios que encierran sus obras. Cabría destacar la memorable guía de Eugenio D´Ors, "Tres horas en el Museo del Prado" (publicada en 1922 y recientemente reeditada), también la entrañable ficción de Manuel Mújica Laínez "Un novelista en el Museo del Prado", o la más reciente del pintor Eduardo Arroyo, "Al pie del cañón. Una guía del Museo del Prado", basada en los recuerdos e impresiones que algunas obras causaron en su espíritu. La obra de Javier Sierra es distinta, es una novela con una trama distinta al propio museo en sí, pero que nos acerca inteligentemente a conocer determinadas claves ocultas en muchas de sus obras. Y ahí radica su interés.

Alessandro Botticelli. Segunda tabla de la historia de Nastagio degli Onesti. Temple sobre tabla. 1483. Museo del Prado. Madrid.



 Juan de Juanes. La última cena. Óleo sobre lienzo. 1562. Museo del Prado. Madrid.


En definitiva, una excelente novela para los que quieran adentrarse en el trasfondo que encierran los grandes lienzos del Museo del Prado. Y nos entra al leerla unas ganas irrefrenables de volver al museo por excelencia en España, a intentar mirar con otros ojos las grandes obras allí custudiadas, esos grandes lienzas que tanto atrayeron a reyes como Carlos V y Felipe II. Sólo por eso, debería ser imprescindible la lectura de esta obra. Yo la recomiendo.


Os dejamos con un video sobre esta obra, una entrevista del autor para RTVE:


lunes, 23 de enero de 2012

EL BOSCO Y LOS MISTERIOS DE SU PINTURA

Retrato de Hieronymus Bosch. Atribuido a Jacques Le Boucq. Sobre 1550. 
Biblioteca Municipal de Arrás.


La capacidad del pintor flamenco conocido como El Bosco para imaginar mundos fantásticos, le convirtió en un creador de obras maravillosas y extravagantes que, cada día más, deslumbran por su sorprendente originalidad y sigue atrapando y fascinando a artistas y espectadores.
Muy pocos datos se conocen de él. Lo cierto y real es que Jeroen Van Aeken, esto es, Jerónimo de Aquisgrán (1453-1516), si traducimos su nombre al castellano, perteneció a una familia de pintores (su abuelo era el pintor Jan Van Aeken) establecida en Hertogensbosch o Bois-le-Duc, esto es el Bosque del Duque, desde hacía bastante tiempo. No era el primogénito, por lo que debió abrir taller propio en vez de heredar el del padre. A pesar de los pocos datos que tenemos del pintor, sabemos que obtuvo un éxito rápido en su entorno. Casó con Aleyt que pertenecía a una familia bien situada económicamente y que aportó al matrimonio diversos terrenos. Su correcta inserción social se manifiesta en la entrada en la selecta cofradía de Nuestra Señora de su ciudad, relacionada con la Congregación de Windesheim, asociación religiosa que seguía la inspiración mística señalada por Ruysbroeck, y que también influyó en la formación de gentes importantes, como el gran humanista y eclesiástico Erasmo de Rotterdam.
La ciudad era un notable agrupamiento urbano que dependía directamente de los duques de Brabante, cargo que recae ahora en Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano de Austria y Margarita de Borgoña. Se estaba levantando la iglesia colegiata, luego Catedral, dedicada a San Juan, con una ambiciosa cantería religiosa. También se estableció una imprenta que publicó diversas obras, algunas de las cuales pudieron fácilmente llegar a las manos del pintor y de sus mentores, cuando los hubo, sirviéndoles de apoyo intelectual. Por otro lado, era corta la distancia que la separaba de Bruselas, Amberes, Malinas o Utrecht. Poseían casa los Hermanos de la Vida Común, responsables principales de esa actitud mental, influyente en el país y consiguiendo en España una notable resonancia. En ella estudió, bien a su pesar, un Erasmo de Rotterdam joven y también se iluminaban libros para la venta. Es de destacar esto, porque no fue el único lugar donde sucedió, de modo que Bosco tuvo a su disposición manuscritos iluminados, con decoración marginal del tipo creado por el Maestro de María de Borgoña hacia 1480. Fue una de sus fuentes iconográficas mayores, aunque siempre tuvo la capacidad creadora de recrear transformando todo lo que pasaba por sus manos. Así, su arte singularísimo también parece partir, estilísticamente, del humorismo de las miniaturas y viñetas satíricas del siglo XV.

El Bosco. La curación de la locura. Óleo sobre tabla. 1474-85. Museo del Prado. Madrid. 

Durante cierto tiempo los documentos de su ciudad le llaman tan sólo Jeroen Van Aeken, pero en 1504 recibe un importante encargo del propio Felipe el Hermoso en Bruselas. En el contrato a su nombre se añade: “llamado Bosch”.  Un poco después, se dice en un documento procedente del archivo de la Cofradía de Nuestra Señora: Jeroen Van Aeken, que firma Bosch. Esto es, que desde una fecha indeterminada, anterior a 1504, fuera de la ciudad era conocido y se le encargaban obras, mientras su nombre propio era sustituido por el del lugar de donde procedía. Su fama ligada a ese apelativo le lleva desde entonces a firmar Jheronimus Bosch. Fue, por tanto, un artista sólidamente establecido en su ciudad natal, bien considerado como artista y como ciudadano, pero su fama y prestigio como pintor alcanzó al conjunto de los Países Bajos y, casi con seguridad, era conocido en Italia y España antes de morir. Importantes nobles y casas reales tenían obras suyas.
¿Cuál fue la razón de su éxito? Caben pocas dudas sobre la respuesta: la originalidad de sus planteamientos iconográficos y la capacidad de imaginación creadora de un mundo fantástico sin paralelos en la pintura sobre tabla y sólo parcialmente presente en las zonas marginales de los manuscritos iluminados. Más difícil es responder a las siguientes preguntas: ¿qué significado o sentido tenían estas obras maravillosas y extravagantes? ¿Eran apropiadas como retablos para situar tras el altar de una iglesia o un oratorio?
El Bosco siempre intentó zaherir los vicios de las sociedad contemporánea y la relajación que se había apoderado de las órdenes monásticas, pero también a describir las debilidades a que el hombre está constantemente expuesto, y que lo convierten en fácil presa de las asechanzas del maligno, lo cual sitúa su producción en un plano moral e intelectualmente superior a la de la mayoría de los artistas de su tiempo. La intención del Bosco surge de sincerísimas convicciones cristianas, y su actitud fustigadora de las frivolidades y vicios que degradan al hombre es la misma que adoptó en muchos de sus escritos Erasmo, intentando ambos poner remedio a la prolongada crisis moral y religiosa que turbaba a Europa, y de evitar el rompimiento de la agitación religiosa alemana con Roma. Fue, entonces, El Bosco un pintor de mentalidad grave y complicada, que se sintió capaz de evocar en su pintura, en todo su insidioso carácter, las fuerzas del mal, y no se privó de representarlas incluso en su propia morada, el infierno, valiéndose para ello de toda la caterva de seres malignos imaginarios que en sus figuraciones plásticas había creado el arte de la Edad Media.

El Bosco es uno de los últimos representantes de una extraordinaria tradición pictórica que se origina en los Países Bajos con Robert Campin y los hermanos Van Eyck y que sigue produciendo frutos excelentes, como Memling, Van der Weyden o Gerard David, cuando comienza a trabajar. En el taller paterno, quizás, debió aprender el oficio, técnicamente espléndido, capaz de obtener todas las ventajas del uso del óleo, y de llevar a cabo trabajos delicados y minuciosos, donde el uso de las veladuras permitía efectos de transparencia y tonalidad excelentes. El Bosco dominó esta técnica y la utilizó siempre que lo consideró conveniente, pero no tuvo inconveniente en ser menos preciso que los demás, mientras ganaba en efectos lumínicos y brillos inesperados, al servicio de unos efectos temáticos en los que se apartó muchas veces de sus contemporáneos. Siempre se habla de la técnica prodigiosa de los maestros flamencos, mientras apenas se menciona cuando es El Bosco el comentado. La razón es doble: no la cuidó tanto como los otros y el interés que sigue despertando se debe a la manera de presentar su temática.
Siempre utilizó una técnica miniaturista y un lenguaje simbólico, inspirado en los refranes y canciones populares, que a los ojos actuales parece enigmático, pero que en su época era de fácil interpretación. Este autor se mueve entre la sátira popular del Medievo y la moral propugnada por los humanistas del Renacimiento. Hace una crítica intensa a todos los vicios de la época, realiza una pintura satírica, mordaz,  a veces humorística y caricaturesca, reflejo de la corrompida sociedad del momento, forjando una visión pesimista de la existencia humana, donde la salvación sólo es posible mediante el control de las pasiones.
El Bosco. La coronación de espinas. Óleo sobre tabla. 1508-1509. National Gallery. Londres.


Faltos de una base cronológica cierta, los modernos estudiosos de su arte sólo por deducción han podido establecer en él varias etapas. Su primera etapa va de 1475 a 1489, donde, entre otras, destaca “La Curación de la Locura”, del Museo del Prado. Es un tema continuamente repetido en la pintura de los Países Bajos. En esta obra  aparece un curandero trepanándole los sesos a un loco en una operación mágica. El "médico" tiene un embudo en la cabeza para ridiculizar a los científicos prepotentes (rechazo al progreso médico).  Aparece un monje supervisando la operación como si la Iglesia patrocinara y permi­tiera esta profanación.  Aparece una mujer con un libro en la cabeza porque la mujer es la representación del pecado y en este caso el pecado es la ciencia, querer saber más que Dios.  Es más importante su pintura por toda esta temática que por su forma. El paisaje tiene un sentido poético, mágico incluso, son fondos manipulados en función de la escena principal.  El dibujo es poco ma­ñoso aún.  No quiso aprender a pintar bien porque no le interesaba.
En “La Coronación de espinas” (National Gallery de Londres) crea un clima de opresión en torno a Jesús con la presencia de cuatro personajes de fuerte personalidad y rasgos genéricos y tópicos, aunque no falte la impresión de retrato. Pero ni aún aquí faltan los signos “extraños”. ¿Por qué la media luna sobre el tocado del judío o el collar con púas del soldado?
Estos valores formales destacan aún más en el extraordinario tríptico de “La adoración de los magos, obra maestra y autógrafa del artista que la firma en su tabla central, abajo a la izquierda. En este cuadro se manifiesta como un pintor más conocedor de la técnica pictórica.  Parece un cuadro religioso, pero en el fondo nos volvemos a encontrar con la irrealidad. Es un cuadro de gran pesimismo, muestra a unos reyes ambiguos, como distantes y amenazadores.  A la izquierda y la derecha están los donantes y en el centro la Adoración de los Reyes.  Detrás del portal hay un enfrentamiento de tropas que nos indican que detrás de la paz de la religión hay una gran violencia por parte de los hombres.

 El Bosco. Adoración de los Magos. Óleo sobre tabla. 1510. Museo del Prado. Madrid.

Cuando se cierra se hace visible un nada común “Misa de San Gregorio” a la grisalla, donde oficia el papa tonsurado, mientras su tiara es sostenida por un franciscano que asoma a la derecha. Asisten dos individuos, coloreados, como es lo común, pero tan diferentes a los donantes que se arrodillan en los laterales abiertos, que, bien han añadido después, bien representan al mismo individuo en otro momento de su vida, bien se trata, como se ha dicho en el caso del anciano, del padre de quien hizo el encargo. No falta el Cristo paciente tras el altar y un entorno organizado como un retablo de la pasión. El sentido funerario que implica la escena principal hace pensar en una capilla mortuoria como lugar de destino. El contraste es vivísimo cuando las alas se abren y un amplio y claro paisaje se despliega, unitario pese a que no es continuo, sirviendo de marco a la Epifanía y a las imágenes de los donantes en los laterales. Como tantas veces, ha elegido un punto de vista muy alto para los exteriores, favoreciendo así la panorámica, mientras usa otro muy distinto para la historia. Realiza los mayores ejercicios de virtuosismo aquí, en esa imagen elegante del rey negro, en el bizarro personaje que asoma desde el interior de la desvencijada casa o en la suntuosa armadura que viste el rey joven.
Quizás estemos ante “La Epifanía” sin ninguna extravagancia que menciona el Padre Sigüenza en El Escorial. Por ello la crítica, con justicia, ha destacado más los valores formales que en otras ocasiones. Sin embargo, exige una lectura iconográfica bien rigurosa que pone de manifiesto la sólida formación religiosa del artista o del mentor que le conduce. Con todo no falta lo excéntrico, porque ¿de qué otra manera calificaríamos al grupo inquietante que se distingue en la entrada principal de la casa? Posiblemente, lo encabece el Anticristo, contrafigura de Jesús que exhibe señalas claras ambiguas. Peso a estos detalles, es casi seguro que estemos ante un cuadro de altar.


 El Bosco. Mesa de los pecados capitales. Óleo sobre tabla. 1480. Museo del Prado. Madrid.

Igual que a otros, el éxito obligó a El Bosco a organizar un taller del que sabemos poco. En la célebre “Mesa de los siete pecados capitales (Museo del Prado, Madrid) las zonas que afecta más directamente al asunto (visualización dramatizada de cada pecado) se deben seguramente a la mano del maestro, mientras otras (los Novísimos) se deben a la responsabilidad de los ayudantes. Considerado, según un recuerdo de Felipe de Guevara como una mesa, no entró como tal en El Escorial, donde fue objeto de la meditación de Felipe II. Su forma rectangular, no cuadrada, la colocación de cada uno de los Novísimos, pensada como si hubieran de contemplarse adosados a una pared vertical, la situación de las inscripciones arriba y abajo con idéntica orientación, incluso la ubicación de Cristo en la pupila del ojo simbólico central y su inscripción correspondiente (“Cave, cave, dominus videt”), son otros tantos argumentos que indican que la tabla no fue concebida como mesa. Las diferencias en la ejecución, un signo, unido a la firma con el sobrenombre, de que estamos ante algo no muy anterior a 1500, cuando puede permitirse encomendar a sus colaboradores zonas de un trabajo contratado por él y del que se responsabiliza.
Dentro de la más estricta ortodoxia, el ojo de Dios vigila al hombre y le previene contra la práctica de los siete pecados capitales. Se ambientan éstos como notables escenas de género, antecedentes con un futuro importante en la pintura de los Países Bajos, inspiradas en historias profanas de similar carácter presentes en el grabado y la miniatura e interpretadas con la libertad que caracteriza siempre a El Bosco. Los Novísimos (Muerte, Juicio, Infierno y Gloria), medallones ubicados en los cuatro vértices del rectángulo, indican los pasos que conducen al hombre al Juicio, y según se haya aportado o dejado seducir por el pecado, bien a la Gloria, bien al Infierno.
Esta sensación de descuido en la buena realización técnica de una pintura, como si se subordinara al mensaje, parece hasta paradigmática en “El Carro de Heno” (1500, Museo del Prado, Madrid), uno de los trípticos mayores y más originales entre todo lo conservado. ¿Se trata de algo real o estamos ante la copia de un original perdido? En El Escorial se guarda otro tríptico de idéntica temática, por ejemplo, cuya autoría se duda con mayor motivo. Por el contrario ¿Vemos una obra mal conservada, retocada o sucia, pero autógrafa? Lo cierto es que destaca más, tal como está, por lo que dice que por cómo lo dice. Perteneció a la familia Guevara, indicio de autenticidad. Aunque existe un proverbio flamenco (“El mundo es como una montaña de heno, cada cual arranca de él lo que puede”), es más probable que el fundamento firme esté en los Salmos (“El hombre es como el heno y su gloria como las flores del campo”). Debe transmitir la idea de fugacidad y “vanitas”, por el empeño del hombre en conseguir lo que pasa y apenas es. Concebida la zona central como un triunfo al modo italiano, el enorme carro de heno es arrastrado por un grupo de seres malignos. Sobre él un verdadero Jardín del Amor, según la fórmula al uso, donde una pareja pierde el sentido del tiempo haciendo música profana acompañada de un diablo burlón, en tanto que otra se acaricia lascivamente en medio de un sugestivo ramaje. Un ángel, contrapuesto al demonio, alza su vista a Dios, que se manifiesta como el Cristo de la segunda venida.



 El Bosco. El carro de heno. Óleo sobre tabla. 1500-1502. Museo del Prado. Madrid.

El enorme mueble atropella a quienes luchan junto a él, pero, además, es seguido por la muchedumbre de los estados de la tierra, otro tema recurrente en la época, encabezada, como debe ser, por el emperador y el papa. Las escenas del primer término consolidan el pesimista mensaje central. En el lateral derecho, la lectura se hace de arriba abajo: a la rebelión dominada de los ángeles soberbios contra Dios, sucede la creación de Adán y Eva. Viene enseguida la tentación consentida y el pecado, culminando la historia con la expulsión del paraíso. Es lo que da razón de ser a la tabla central. Consecuencia de esta necesidad de alcanzar al carro y de los continuos pecados cometidos, llega el castigo en el lateral derecho, con un infierno en construcción. Algunos de los temas usuales, como los efectos lumínicos nocturnos provocados por el fuego, cubren la zona superior. En el panel izquierdo, presenta el Paraíso Terrenal en el último día de la creación, donde el hombre gozará de una existencia feliz hasta la pérdida de la gracia por el engaño del demonio.
Cerradas las alas, nos encontramos ante una figura que El Bosco repetirá en el mal llamado “Hijo pródigo de Rotterdam”. Es el alma humana o el hombre mismo, peregrinando por el mundo tal como se concibe desde que Guillaume Daguleville había compuesto a finales del siglo XIV su “Pelerinage de la vie humaine”. Un anciano de rostro cansado y triste, vestido con ropas harapientas, mirando aprensivamente hacia atrás, dirige su bastón como defensa contra un perro armado con un collar de púas metálicas que le muestra sus colmillos, mientras en el entorno aves carroñeras se posan sobre los huesos de un gran animal. Al otro lado, un hombre ha sido asaltado por otros que, seguramente, son soldados. Tras su cabeza, en un monte se organiza un ajusticiamiento. Sólo un grupo de pastores danzantes y músicos aparenta una alegría rústica, aunque es posible que con ellos se mencione la lujuria. Obra cargada de sentido, pesimista, melancólica, crepuscular.

"El Carro de heno" cierra un ciclo de su producción (o abre en ella otra etapa). La fluidez compositiva y los purismos cromáticos que se aprecian ya en aquella obra se fueron perfeccionando, con la realización de una serie de pinturas de temas multitudinarios, en las que, en la progresiva complicación de sus concepciones, fue añadiendo el autor una estupenda riqueza de aciertos expresivos y de color, e impresionantes fantasmagorías. 


 El Bosco. El jardín de las delicias. Óleo sobre tabla. 1503-1504. Museo del Prado. Madrid.

Contrasta con la extraordinaria explosión de energía que emana de lo que nosotros llamamos El Jardín de las Delicias” (1500-1510, Museo del Prado, Madrid), la mayor, la más compleja, original, fantástica, única obra del artista, sin paralelo en toda la pintura de los Países Bajos en los siglos XV y XVI. Sin ella, El Bosco no sería el mismo. A nadie deja indiferente, aunque se rechace. Su rareza, su singularidad, ha provocado las interpretaciones más fantásticas y desafortunadas, que, sin embargo, han solido ser aceptadas por un mayor número de personas seducidas por lo que veía, que las más sólidas, pero menos imaginativas. Estamos, se ha llegado a decir, ante un nuevo adamita, un seguidor de los Hermanos del Libre Espíritu, que expresa lo que sustancial de sus creencias, aunque no se hayan aportado argumentos razonables que apoyen tal visión. Otros se han empeñado en encontrar huellas residuales del antiguo catarismo traído desde Aquisgrán por los antecesores del artista. Hay quién ha dedicado su vida a explicar que se nos presenta un cuidado programa astrológico pensado en sus menores detalles. O, por el contrario, es la alquimia la que está detrás.
Es muy probable que haya acudido a determinados símbolos alquímicos o astrológicos, circulantes por Europa, o que empleara diversos proverbios flamencos para explicar este grupo o aquel, pero las ideas que priman como explicación global son otras. No estamos ante un tríptico de altar, como muy probablemente tampoco lo fuera El Carro e Heno, y nunca debió ocupar tal lugar, como cuando fue adquirido por Felipe II y colocada en la zona de palacio del monasterio.
La obra denuncia la lujuria y la promiscuidad sexual. Dios, pequeña figura arriba a la izquierda, quien “dijo y todo fue hecho, mandó y todo fue creado” contempla su obra al terminar el tercer día de la creación (alas cerradas). Es un modelo del universo con la tierra plana cubierta con cúpula cristalina semiesférica, rodeada de agua por todas partes.
A continuación, crea el paraíso terrenal donde colocará al hombre (tríptico abierto a la izquierda). Continúa su trabajo hasta que Eva, salida de la costilla de Adán, es contemplada con gozo por él cuando se la presenta al creador. Las primeras señales inquietantes de la presencia del mal se manifiestan más o menos elípticamente. El árbol de la tentación se sitúa en la zona central a la derecha, sobre una roca extraña en forma de cabeza monstruosa, pero humanoide, tan singular que Dalí se sintió fascinado por ella y la repitió una y otra vez. Jean de Mandeville, el falso viajero del siglo XIV describió un desierto en el que una roca tenía los rasgos de la cabeza del diablo. Su libro, pocas dudas hay sobre ello, fue conocido por El Bosco. La nuestra es también la cabeza de un escondido demonio responsable de la tentación y de la caída subsiguiente.
La naturaleza era pura y buena y recibió de Dios la misión clara de conservar el universo de su creación. Pero confió su cuidado al hombre y éste con su pecado mancilló la gran obra. La enorme tabla central en desorden sólo aparente representa la vitalidad desbordada, pero desviada, de ese nuevo mundo en el que se hace patente la transgresión gozosa protagonizada por los seres humanos. Todo lo pecaminoso tiene lugar, pero se singulariza la lujuria: promiscuidad sexual, estanque y ronda del deseo, donde la cabalgata masculina concluirá con la unión buscada con las mujeres desnudas que se bañan en aquél, homosexualidad manifiesta, mezcla de razas, signos y elementos simbólicos de carácter lujurioso, etc.

 El Bosco. Tabla central de El Jardín de las Delicias.

 No faltan los restantes pecados, incluso visibles en el mismo ámbito donde no sólo se montan caballos, sino otras bestias ligadas en esos años a los restantes pecados capitales en los manuscritos de lujo. Algo se presenta en apariencia como positivo, pero no lo es, como muestran las múltiples señales de inversión, de un mundo al revés, donde un hombre metido en el agua sobresalen las piernas y está sumergida la cabeza, donde unos cazadores transportan un gigantesco oso que en vez de pesar tiende a subir, donde diversos acróbatas s sostienen sobre la cabeza… La originalidad del planteamiento es el primer motivo de la atracción que la pintura ejerce en un espectador que intenta encontrar una interpretación inédita a lo que ve. Pero la ambigüedad, la falta de claridad del mensaje, una cierta complacencia en aquello que se condena, favorece las explicaciones extravagantes. Lo cierto, sin embargo, es que existe una advertencia al hombre que ha aceptado disfrutar de todos los placeres de este mundo. Responsables de esta situación son Adán y Eva, sobre todo ella. Ambos surgen abajo a la derecha, el dedo acusatorio masculino apuntando a la mujer, los únicos seres vestidos entre una muchedumbre de desnudos algo andróginos, otro signo de ambigüedad e indefinición.
La consecuencia de este engolfarse en los placeres y las faltas es el castigo individual (ala derecha). Las penas del infierno como advertencia o coacción estaban presentes en el arte cristiano desde hacía siglos. Aunque existían ejemplos literarios (Beda, Dante…), los artistas disfrutaban siempre de una enorme libertad a la hora de describir el lugar como tal y los castigos de los condenados. El Bosco disponía de mil modelos, pero creó uno propio, excepcional, no repetido ni por él mismo. De nuevo los efectos del fuego se manifiestan en los incendios de la zona alta, pero no lo demás todos es distinto, como el infierno musical donde los instrumentos se convierten en signo de tortura o la bestia que devora humanos los defeca en gesto de repudio de los avariciosos. Tal vez el ser más extravagante y nuevo que ha creado nunca está en el centro. Su cabeza se vuelve al espectador mientras esboza una sonrisa de difícil significado. Es un paradigma de la inestabilidad, del engaño y del desequilibrio.

El Bosco. Tríptico de las tentaciones de San Antonio. Óleo sobre tabla. 1501. Museo 
de Arte Antiga. Lisboa.


Toda esta incontinencia creativa, esta densidad de personajes increíbles y grotescos, se encuentra uno de los motivos de su éxito como artista y el que gentes diversas desearan tener una obra suya. Desde esta perspectiva ninguna historia para contar más apropiada que la de San Antonio Abad, ejemplo de ermitaños, héroe cristiano de los desiertos orientales. En el paso de siglo parece que se intensifica la devoción al santo, a lo que El Bosco no debió ser ajeno. El mejor ejemplo de resultados deslumbrantes es el “Tríptico de las Tentaciones de San Antonio”, del Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa.
Abierta, en las tres tablas el santo se encuentra representado al menos una vez, siempre amenazado por demonios agresivos, que incluso le propinan una paliza física o lo llevan por los aires. En todos los casos la presencia del santo o los signos positivas es menos visible que la de los diablos y seres malignos o monstruosos. La idea general es clara: Antonio es el atleta cristiano que soporta los ataques demoníacos, resultando vencedor pese a las vejaciones sufridas. El modo de mostrarlo es complejo: por todas partes surgen seres extravagantes. En el fondo reaparecerá eses fuego convertido en obsesión a la que se han buscado razones psicológicas, recuerdos de la infancia. Pocas veces, quizás en el Tríptico de la Adoración de los Magos”, ha cuidado tanto la ejecución material y técnica. La luz que proyecta el fuego da lugar a efectos sobre el paisaje de una belleza turbadora y de una modernidad que supera su tiempo, aunque por lo general mantenga una actitud tradicional. Algunas de la figuras y grupos junto al santo, a su derecha e izquierda poseen un brillo cambiante, según el material que se revisten. Es un regalo visual donde se diría que se glorifica la belleza del mal.
Si se cierran las alas, dos grandes grisallas, una vez más de exquisita factura, recogen dos actos de la pasión de Cristo. En ambos es agredido, incluso en el Prendimiento, pese a que la iconografía usual no lo ve así. Es muy posible que se haya pretendido establecer un paralelo con los sufrimientos del santo titular.

El Bosco. La nave de los locos. Óleo sobre lienzo. 1503-1504. Museo del Louvre. París.


La producción de El Bosco trascendió la esfera moralizante de los pecados capitales, enriqueciendo su catálogo con temas de la pasión, en los que Cristo aparece rodeado por sayones caricaturescos y asuntos cotidianos como en “El Prestidigitador” (1480, Museo Municipal Saint Germain-en-Laye). Asimismo, profundizó en la demencia y sus efectos sobre el cerebro humano con títulos como “La extracción de la piedra de la locura” (1480, Museo del Prado, Madrid) y “La nave de los locos” (1490, Museo del Louvre, París).
Ninguna seguridad hay respecto a la cronología de otras obras del pintor, como la tabla del "Gólgota" del Museo de Viena, el sereno "San Juan en Patmos" del Museo de Berlín o la emotiva tabla circular que representa a "Cristo llevando la cruz", en El Escorial, y la de "Jesús ultrajado" de la National Gallery de Londres, aunque todas estas pinturas parecen corresponder al período en que El Bosco hubo de pintar el hermosísimo tríptico de la "Adoración de los Magos" del Prado
Sin embargo, cabe que figure la interpretación banal de sus extrafalarias figuras, la existencia de un cierto sentido lúdico y el entretenimiento visual que supone deambular por el espacio de sus pinturas alguno de los motivos de su éxito, casi tanto como la interpretación e sus mensajes y la justa valoración de su desbordante creatividad imaginativa.
Sus fantasías oníricas y su imaginación desbordante fueron reivindicados por los artistas y científicos del siglo XX. Los surrealistas le consideraron un precursor y los psicoanalistas, el descubridor del inconsciente.



El Bosco.  Cristo con la cruz a cuestas. Óleo sobre lienzo. 1515-1516. Museo de 
Bellas Artes de Gante (Bélgica).

Tomado de: “El Bosco, un artista inquietante”. Revista “Conocer el arte”. Madrid. Número 3. Mayo, 1999.


Para redondear y tener una visión de conjunto de la pintura de El Bosco, os dejo estos dos videos:






Bibliografía.

-         BANGO, I. y F. MARÍAS: “Bosch. Realidad, símbolo y fantasía”. Madrid, 1982.
-         GIBSON, W.S.: “El Bosco”. Barcelona, 1993.
-         MATEO, Isabel: “El Bosco en España (Arte y artistas)”. Madrid, 1965.
-         YARZA LUACES, J.: “El jardín de las delicias de El Bosco”. Madrid, 1998.

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